En esta ocasión queremos ofrecer al lector un ejercicio de reflexión sobre hacia dónde se dirige el software libre. Un hecho innegable es que el software privativo está perdiendo usuarios a un mayor ritmo del que permite una absoluta tranquilidad para sus responsables, tan sólo hay que ver algunas iniciativas que ya surgen aquí y allá, y que se hacen eco de la situación, tal y como podemos leer en el blog de Ramón (vicepresidente de Hispalinux), mostrando que existen personas que se ofrecen de forma profesional para desinstalar Windows Vista de los ordenadores personales.
Con un panorama así, no es de extrañar que el software libre haya alcanzado una fama que se ha visto mejorada con el desafortunado impacto del Windows Vista en la sociedad, que ha hecho recelar a algún que otro seguidor (hasta entonces) del software de Microsoft y al que no le importaba pagar licencias de mantenimiento para tener “asegurada” una tranquilidad a la hora de manejar información. El estandarte del software privativo, Microsoft, está viendo cómo innumerables usuarios se les escapa de la mano para lanzarse a los brazos del opensource. Así, Linux está ganando la partida, sobre todo a nivel institucional puesto que, tras el éxito sobre el Vista con distribuciones incluso superiores a la privativa, muchas empresas empiezan a confiar en software libre como soporte principal de sus sistemas informáticos. De esta forma, la red de software libre que se está tejiendo entre las diferentes administraciones públicas, los gobiernos de muchos países y organizaciones que van desde grandes corporaciones hasta pymes.
Por ello, no es de extrañar que el avance del software libre, y del opensource en general, prosiga con un paso lento pero seguro. Algunos piensan ya en un futuro, a medio plazo, en el que se liberen la casi totalidad de las opciones de software disponibles, tanto a nivel profesional como personal, encontrando un punto de equilibrio óptimo entre las diferentes ofertas actuales de desarrollo de software.
De hecho, se piensa en una evolución que tenderá a una estandarización común en la base pero que, paradójicamente, permitirá una personalización completa de las aplicaciones dependiendo de las necesidades que cada usuario posea. Habrá que imaginar un software que sea válido tanto para ese usuario que lo instala en su ordenador personal como para esa gran corporación que cambia todo su sistema informático y configura, modifica y diseña nuevas herramientas para que se adapte a su trabajo. Habrá que imaginar… ¿o acaso no es necesario imaginarlo? A lo mejor, sólo a lo mejor, ese concepto de software personalizado ya exista…